1.- MARY SHELLEY O EL ABSURDO DE LA UTOPÍA
Mary Wollstonecraft Godwin (1797-1851), más conocida por su nombre de casada, Mary Shelley, es la Cervantes y la Shakespeare de la literatura fantástica. A ella se debe una de las primeras novelas de ciencia ficción moderna, Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), ayudando a fundar todo un género literario que, como ciertas corrientes filosóficas del siglo XX, se centra en una tarea crucial para la sobrevivencia de la humanidad: la crítica a la ciencia.
Con Frankenstein, Mary Shelley contribuyó a revolucionar a la vez la ciencia ficción y la literatura de horror.
A sólo medio siglo de la publicación de la primera novela de espantos góticos, El castillo de Otranto (1765), de Horace Walpole, Mrs. Shelley reformuló el terror y lo convirtió en algo distinto. Aun existiendo rastrojos claros de atmósfera gótica en sus novelas, en ellas lo importante no son los fantasmas ni los castigos del cielo a nuestros pecados, al contrario: el doctor Víctor Frankenstein encarna los temores de una humanidad sin dioses, sola ante el universo. En ese antihéroe, en el que es notoria la influencia de los personajes fáusticos de Byron, encontramos atisbos modernos de lo que posteriormente se llamaría horror materialista y horror cósmico.

En los mitos de las civilizaciones antiguas está la raíz tanto del horror como de la CF, géneros que, de algún modo, existen desde los inicios de la literatura.
Antecesoras de una ciencia ficción moderna abundan: Las aves (s. IV a.C.) de Aristófanes, Historia verdadera (s. II) de Luciano de Samosata, Gargantúa y Pantagruel (s. XVI) de Rabelais,  Utopía (1516) de Tomás Moro probablemente esta sea en realidad la primera obra de CF, al menos es «filosofía ficción», El otro mundo (1657-62) de Cyrano de Bergerac, Los viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift novela que ya contiene críticas ácidas a la labor de los científicos. El pasaje de los «inmortales» podría ser un cuento firmado por Mrs. Shelley
Podemos hablar de una ficción fundamentada en la ciencia en obras como Somnium (1634) de Johannes Kepler, El año 2440 (1771) de Louis-Sébastien Mercier o Viaje estático al mundo planetario (1780) de Lorenzo Hervás y Panduro.
Lo que Mrs. Shelley aportó en Frankenstein es la desconfianza y el miedo ante la ciencia, la disparidad entre el avance tecnológico y el avance de la ética. La mezcla resultante de terror y ciencia ficción se convirtió en una fórmula aprovechada fructíferamente por los escritores del género desde H. G. Wells y su Máquina del tiempo (1895) hasta la fecha.

M. Shelley no es la primera escritora importante de terror. En el campo de la novela gótica descollaron antes que ella Ann Radcliffe, que cimentó el género con obras maestras como Los misterios de Udolfo (1794), y Charlotte Dacre, que en 1806 publicó Zofloya o el Moro, novela pionera de un terror con toques feministas.
El padre de Mary, William Godwin, escribió uno de los clásicos del gótico, Las aventuras de Caleb Williams (1794).
Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus) puede leerse como una parodia en clave de novela gótica del drama lírico Prometeo liberado (Prometheus Unbound, 1920. Publicado en español por Ediciones Hiperión en 2009), de Percy Bysshe Shelley, poeta romántico y esposo de Mary, muerto ahogado en un accidente mientras navegaba en un velero, a los 29 años.
Percy B. Shelley concibió su poema dramático, publicado dos años después de Frankenstein, como una continuación del Prometeo encadenado, tragedia escrita en el siglo cuatro a. C. y atribuida a Esquilo.
Las tragedias griegas se representaban en trilogías. De las otras dos obras que formaban originalmente la trílogia Prometheia: Prometeo portador del fuego (primera parte) y Prometeo liberado (tercera parte), sólo quedan fragmentos. Percy B. Shelley reelaboró a su manera la conclusión perdida.
Básicamente, Frankenstein o el moderno Prometeo es una versión invertida del Prometeo liberado. Lo que en el drama del esposo es defensa a la utopía y a la gesta del titán Prometeo, que contrarió los designios de Zeus, creó al humano y le dio el fuego, robándoselo a los dioses; en El moderno Prometeo se troca en una historia de horror desencadenada precisamente por aquellos que se enfrentan al destino en pos de la utopía.
En Frankenstein y en el pensamiento de Mary Shelley se da cierto toque reaccionario se opuso a las ideas anarquistas de su padre y mantuvo una posición ambigua y en ocasiones negativa hacia el feminismo, del cual su madre, quien murió al parirla, fue pionera destacada que no opaca la fuerza revolucionaria de su propuesta: usar la literatura como un aparato crítico dirigido contra los salvadores de mundos que destruyen mundos en su camino.
El último hombre (The Last man, 1824) y El mortal inmortal (The Mortal Inmortal, 1833) son dos narraciones apocalípticas en las que Mrs. Shelley prosigue de forma más acerada con su cruzada contra los ideales románticos, o más bien contra la creencia en la viabilidad de esos ideales.
Si El moderno Prometeo se lanza contra el mito de la resurrección y la creación de la vida por medios artificiales, El último hombre hace otro tanto con la idea de luchar por un «mundo mejor» y El mortal inmortal con la idea de la «inmortalidad».
En vida de la autora, The Last Man fue criticada duramente por su «crueldad innecesaria», lo que significa una lectura aún más gozosa para el punto de vista actual. La idea de una plaga que acaba con la humanidad ha sido copiada hasta la saciedad.
Por su parte, The Mortal Inmortal es una novela corta que trata de la desgracia caída sobre un hombre que ingiere una pócima para lograr la vida eterna.
Sin ser tan redondas como Frankestein, son piezas esenciales del terror y la ciencia ficción, abundantes en pasajes inquietantes.
2.- ELENA GARRO Y EL DELIRIO DE PERSECUCIÓN
Lola, como todos los perseguidos, no recordaba su pasado, no tenía futuro y en su memoria sólo quedaban imágenes confusas de sus perseguidores.
(Andamos huyendo, Lola).

La poblana Elena Garro (1916-1998) escribió dos de los mejores libros de terror en lengua española: Y Matarazo no llamó… y Andamos huyendo, Lola, ambos sobre el delirio de persecución. 
Figura controversial, con una biografía fluctuante entre borrascas políticas y literarias a veces parece un personaje salido de la divertida La literatura nazi en América (1996) de Roberto Bolaños, E. Garro es más famosa por su matrimonio con el premio Nobel Octavio Paz que por su propia obra, injusticia poco sorprendente y tristemente común.
Luego de su éxito en el teatro y con Los recuerdos del porvenir (1963), novela que continúa con el realismo mágico rural en la línea de Juan Rulfo y Mariano Azuela, aunque agregando una visión más amarga de la historia y un punto de vista femenino (además de dar cabida a la mitología prehispánica); Elena Garro pasó por un periplo privado en el que se oscurecieron las tramas de sus historias y el escenario de ellas se trasladó del campo a ciudades contaminadas por smog y envidias. 
De sus conocidos ataques de paranoia y mal humor salieron, entre otros, los siguientes títulos:
Andamos huyendo, Lola (1980) o el realismo mágico al servicio de la pesadilla.
Elena Garro y José Donoso (en El obsceno pájaro de la noche, 1970) representan el lado nocturno y terrorífico de lo que García Márquez muestra diáfano y anclado en la Historia escrita con mayúsculas.
Tres personajes: una mujer, su hija y un gato. Los tres huyen de algo indecible. Con esos elementos, Elena Garro construye nueve narraciones que varían en tiempo y espacio pero no tanto en las circunstancias.
Un décimo cuento, «El mentiroso», que trata de un niño que se pierde en los túneles de la pirámide de Cholula, y de lo que ahí presencia, sirve de descanso a la alucinación persecutoria que se mantiene en el resto del libro, aunque persiste la atmósfera enrarecida o sobrenatural.
Andamos huyendo, Lola no es una novela, pero los vasos comunicantes que se tienden de unos cuentos a otros ofrecen en conjunto una historia unitaria con final desasosegante.
Y Matarazo no llamó… (1991) fue escrita en la década de los sesenta durante su autoexilio en París y publicada treinta años después.
Eugenio Yáñez, un oficinista cincuentón, ve en la calle unos huelguistas obreros en plantón y realiza un acto solidario pequeño, una donación mínima, lo que casualmente acarrea las miradas de la policía secreta sobre su persona y…
La novela, de extensión corta, se lee de una sentada. El ritmo es trepidante. Nuestra tensión aumenta junto con la paranoia del personaje.
Y Matarazo no llamó… abandona los toques sobrenaturales de Andamos huyendo, Lola y nos sumerge en una historia de miedo tan verídica que, seguramente, le ha pasado a más de una persona. Es uno de los diez títulos que incluiría en un top sobre «libros de horror real», de pronta aparición.
Elena Garro no es epígono de Rulfo. Partió de la vena más auténtica de la literatura latinoamericana del siglo XX para llevarla a ámbitos modernos y tenebrosos, donde se convierte en literatura fantástica y de horror.

3.- MARIANA ENRÍQUEZ. LAS COSAS QUE PERDIMOS EN EL FUEGO
Tal vez consideren apresurado llamar «obra maestra» a un texto de Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). Las fechas de publicación de sus cuentos de terror (Los peligros de fumar en la cama, 2009. Las cosas que perdimos en el fuego, 2016) y de sus novelas cortas fantásticas (Chicos que vuelven, 2010. Este es el mar, 2017) son relativamente recientes. No todos sus cuentos son redondos, ni todos sus libros pertenecen al género.
Es la única viva de las escritoras agrupadas aquí, prueba de lo raquítico de este conteo. Una lista justa debería incluir más de un centenar de nombres de autoras vivas y muertas. Mujeres arrasan continuamente en las entregas de los premios Hugo y Locus de ciencia ficción y fantasía, y la noticia cultural más importante en los últimos años ha sido la revalorización de decenas de nombres de mujeres artistas y científicas de primer nivel, ninguneadas por la historia oficial hasta hace poco.

Puede ser que exagero al calificar de magistral Las cosas que perdimos en el fuego. O puede que no. Los títulos de las listas y reseñas de la Guía turística de terror y ciencia ficción son mero amarillismo, pretextos para hablar de nuestros escritores favoritos, y por eso no podía faltar Mariana Enríquez.
En sus relatos aúna de modo ejemplar lo sobrenatural con el realismo sucio, la leyenda urbana, los creepypastas, el terror político y el del hampa, ya deslavado del oropel épico de la novela negra y los corridos de narcos, pertenecientes a épocas más inocentes.
«El chico sucio» se desarrolla en Constitución, barrio bonaerense de putas, comercios populares, asaltos, drogas, maltrato infantil, desaparecidos y dioses paganos.
En «La casa de Adela» persiste el tema de los desaparecidos y se actualizan las historias de casas encantadas.
Otros cuentos tratan sobre compulsiones autodestructivas y suicidas: hacerse cortes en el cuerpo (Fin de curso), la anorexia (Nada de carne sobre nosotras), encerrarse en un cuarto como ermitaño de ciudad, a lo hikikomori japonés (Verde, rojo, anaranjado); e incluso quemarse y desfigurarse el rostro (Las cosas que perdimos en el fuego).
«Pablito clavó un clavito: un evocación del Petiso Orejudo». El asesino serial y pirómano más célebre de Argentina, Cayetano Santos Godino, apodado el Petiso orejudo, fue un niño que mataba niños.
En «El patio del vecino» los niños pasan de ser víctimas a ser verdugos.
En «Bajo el agua negra» Mariana Enríquez vuelve a los cultos extraños y a los barrios pobres de las afueras, cercados por la delincuencia y por ríos apestosos de aguas contaminadas.
En 2017, animada por el éxito de Las cosas que perdimos en el fuego (libro traducido a más de veinte idiomas), Editorial Anagrama sacó una segunda edición de Los peligros de fumar en la cama, anterior colección de doce cuentos que ya contiene las marcas de estilo de M. Enríquez, a medio camino entre el gótico y la crónica roja.
En «El desentierro de la Angelita», una niña desentierra accidentalmente los huesos de un familiar sepultado en el jardín de la casa.
«La Virgen de la tosquera» y «Carrito» tratan del odio y el daño entre seres humanos. El primero cuenta la historia de adolescentes que envidian hasta la pesadilla y el segundo de vecinos que discriminan por raza o situación económica.
«Dónde estás, corazón». Una mujer se excita con la enfermedad y la muerte.
En «Carne», Mariana Enríquez habla de las fans de los rockstars suicidas, mundillo que retomaría en la novela corta Este es el mar (2017), una fantasía urbana sobre musas siniestras que inducen a músicos como Kurt Cobain, Jim Morrison o Sid Vicious a morir prematuramente, con el fin de convertirlos en divinidades.
En «Chicos que faltan» y «Cuando hablábamos con los muertos» se ocupa de un tema terrorífico constante en sus narraciones y en las de muchos escritores de su país: el de los desaparecidos.
Sus libros de ensayos merecen mención aparte. Alguien camina sobre tu tumba: Mis viajes a cementerios (Galerna, 2013) reúne crónicas de visitas a panteones alrededor del mundo. En La hermana menor: Un retrato de Silvina Ocampo (Anagrama, 2014), Mariana E. se centra en una escritora fundamental para la literatura fantástica de Argentina y América, Silvina Ocampo.
4.- DAPHNE DU MAURIER O LA AMBIGÜEDAD EN EL HORROR

Autora de best sellers difundidos ampliamente y adaptados con éxito al cine, la británica Daphne du Maurier (1907-1989) fue relegada por un tiempo a un lugar segundón en los tratados de historia literaria. El feminismo y los aficionados al pulp contribuyeron a popularizar nuevamente su figura.
En Rebecca (1938) se mezclan ingredientes de la novela romántica con ambientaciones góticas, receta que en otras épocas dio lugar a clásicos como Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 1839) de Emily Brontë,  Jane Eyre (1847) de Charlotte Brontë o Nuestra Señora de París (Notre-Dame de Paris, 1831) de Victor Hugo.
Rebeca es la esposa muerta cuya influencia continúa en múltiples detalles de la casona y de sus habitantes, atormentando a la esposa nueva y recién llegada. Con los celos que le dedica su rival viva, la muerta casi adquiere corporeidad.
Du Maurier reservó  lo más escabroso de su imaginación para sus narraciones cortas. En 1952 se publicó la colección de cuentos The Apple Tree. «Los pájaros», (The Birds) es un relato apocalíptico cargado con la amenaza enigmática e inminente de un texto kafkiano. Una familia de granjeros es atacada y sitiada en su hogar por aves de varias especies. Los ataques se repiten en otras zonas del pueblo y después se enteran por la radio en el resto del mundo.
El refrán «la unión hace la fuerza» cobra un sentido irónico. Los plumíferos son seres acostumbrados a morir sofocados por nuestro smog o asesinados por nuestras balas y machetes de granja. No los concebimos capaces de enfrentar y vencer a la humanidad.
«El manzano» (The Apple Tree) insiste en el terror elusivo, proveniente de un mundo natural adverso a los humanos. Un viejo es atormentado cotidianamente por los caprichos y groserías de su esposa, hasta que ella fallece. Siguiendo el discurrir del pensamiento del viudo, nos percatamos que la anciana arpía no era tan arpía, ni él tan buen hombre. La idea de una planta con atributos fantasmales remite a leyendas japonesas recopiladas por Lafcadio Hearn en libros como Kwaidan.
Otra colección de cuentos, Not After Midnight, publicada en 1971, incluye «No mires ahora» (Don't Look Now). Un padre, cuya hija murió ahogada, cree ver el fantasma de la niña. El relato, relacionado con las leyendas de damas del agua, lloronas y espíritus anclados a pozos o manantiales, se desarrolla en Venecia, escenario ideal para una narración gótica.
Lo que caracteriza a los relatos mencionados es la ambigüedad en el tratamiento de las fuerzas malignas invasoras. No podemos hablar de monstruos y fantasmas en el sentido convencional de esos términos, al menos que pensemos en un monstruo formado por miles de pájaros o en un vegetal poseído por una difunta. El mal llega desde las profundidades de la naturaleza, escondido agazapado en piedras y matorrales, almacenado en la vida y en el agua.
Es simplista calificarlo de «mal», a veces incluso se asemeja a cierta justicia, producto de una voluntad incomprensible, más allá de los designios humanos, aunque demasiado retorcida y mezquina para ser llamada «divina».
Daphne du Maurier se puede disfrutar también en pantalla grande. Media docena de títulos de su autoría han sido llevados al cine. Alfred Hitchcock adaptó tres de sus obras: La posada de Jamaica (Jamaica Inn) en 1939, Rebecca en 1940, ganando el Óscar a la mejor película; y The Birds en 1963.
Junto con Los pájaros de Hitchcock, lo que prefiero de Du Maurier en cinematógrafo es Don't Look Now (Amenaza en la sombra, Venecia rojo), película de culto dirigida en 1973 por Nicolas Roeg (1928-2018) y protagonizada por Julie Christie y Donald Sutherland. 

5.- SHIRLEY JACKSON: CASAS Y MUJERES EMBRUJADAS
 
«Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan. Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta años más. En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminase allí dentro, caminaba solo».
(La maldición de Hill House. Traducción de Óscar Palmer Yáñez, 2008. Valdemar, Colección Gótica).

Los personajes femeninos de las narraciones de Shirley Jackson (1916-1965) se parecen peligrosamente a su autora, amargadas prematuras, asediadas por pulsaciones e indecisiones, dudando entre ser brujas o fanáticas religiosas.
La fuerza sobrenatural que agita al caserón descrito por Emily Brontë en Wuthering Heights (1839) se asemeja a lo que los surrealistas llamaban amour fou, el amor más allá de la muerte.
Un siglo después, los fantasmas son menos románticos, la desilusión ha cuajado lo mismo en el ectoplasma sobrenatural que en cerebros y corazones orgánicos, blanduzcos como queso.
Shirley Jackson pudo equilibrar una vida como escritora profesional y ama de casa. A cambio, según cuentan, soportó las infidelidades continuas de su esposo y que este le administrara el dinero con cuentagotas, incluso cuando ella terminó ganando más que él gracias al éxito de sus obras.
Obesa, fumadora y bebedora compulsiva, su muerte a los 48 años de edad fue apresurada probablemente por tomar anfetaminas y barbitúricos por consejo de los médicos, antes que se tuvieran noticias de lo dañino de esas sustancias.
Sólo en parte podemos adjudicar a esa vida la elección de ser escritora de terror y la constante en sus novelas de las casas que devoran a sus habitantes, las familias que se odian los unos a los otros, los pasillos recorridos por un horror sutil que mueve cortinas y mosquiteros como si fuera aire sin oxígeno.
No sabemos quién empieza a corromper a quién, si las cosas a los humanos o los humanos a las cosas, pero ambos se degeneran, pareciera que la simple estancia sobre la Tierra ensucia el alma.
Shirley Jackson escribió seis novelas y más de cien relatos. Éxito notable de público y crítica recibió el cuento «La lotería» (The Lottery, 1948), sobre juegos de azar extraños y crueles, una narración cercana temáticamente a «La lotería en Babilonia», de Jorge Luis Borges.
La novela El reloj de sol (The Sundial. 1958. Traducción de Ariadna Molinari Tato, 2017. Editorial Fiordo) nos cuenta de una casona donde se encierra una familia convencida que se acerca el fin del mundo. El tratamiento de los personajes, obtusos y malévolos, es despiadado. El humor negro se espesa de tintas y la visión negativa de las relaciones humanas llega a su cúspide.
La edición de Penguin Classics Deluxe Edition de Siempre hemos vivido en el castillo (We Have Always Lived in the Castle, 1962) se engalanó con una portada deliciosa de Thomas Ott, historietista de terror con una carrera envidiable:
En una casona viven dos hermanas que no superan los veinte años y su tío enfermo. El resto de su familia murió envenenada por arsénico seis años atrás, en el comedor de la casa. Una de las hermanas fue juzgada y absuelta por los envenenamientos.
La narradora de la historia, una joven con voz de hada y entrañas de brujilla, es representativa de los personajes de S. Jackson:
«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto».
(Siempre hemos vivido en el castillo. Traductora: Paula Kuffer, 2012. Editorial. Minúscula).

La más famosa de sus novelas, La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House, 1959), es la más cercana al horror sobrenatural y a la novela gótica, aunque en todas se encuentran elementos macabros o ácidos.
Un investigador especializado en las "perturbaciones psíquicas" que suelen manifestarse en las "casas encantadas", junta un grupo variopinto de personajes para ocupar durante unos días una mansión, famosa por estar embrujada.
Eleonore, mujer que quedó sumida en la soledad morbosa tras cuidar a su madre enferma por once años, funge en esta ocasión como alter ego de la autora.
Los sentimientos de los ocupantes influyen taumatúrgicamente en la casa y viceversa, interacción insidiosa de la que brota musgo maligno, que devora tanto a las piedras como a los pulmones y entrañas.
Los que buscan sustos baratos y personajes trillados suelen desilusionarse con la lectura de los libros de Jackson. Lo inquietante se sugiere, apenas se muestra, la ambigüedad es crucial para lograr la atmósfera enrarecida, como sucede en Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898) de Henry James o en las narraciones de Daphne du Maurier.
Robert Wise, montador de Ciudadano Kane (Citizen kane, 1941) de Orson Welles y director de otras películas importantes (Audrey Rose, La amenaza de Andrómeda , The Body Snatcher, por hablar de sus obras de terror y género), realizó en 1963 The Haunting, cinta clave del cine de horror, considerada la mejor adaptación de La maldición de Hill House.
Luego de un remake completamente olvidable realizado en 1999, Netflix estrenó en 2018 The Haunting of Hill House, serie de diez episodios basada libremente en la novela homónima. No es la historia escrita por Jackson, pero el resultado convence y es recomendable para aficionados al terror.

En próximas entregas continuaremos con este breve panorama de la literatura de espantos escrita por mujeres. Si gustan recomendarnos nombres o títulos para incluir en la lista, esperamos y agradecemos sus comentarios.


N.L.C.
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